Amin Arias Garabito

Activista de DD.HH. Comunicador y Político.

Desde que se tienen registros históricos, la isla que comparten las repúblicas de Haití y Dominicana se erigió en el ejemplo más claro de la diversidad del Nuevo Mundo.

A nuestra isla, poblada originalmente por diversas étnias aborígenes (ciguayos, taínos, caribes) llegaron europeos de diversos orígenes, una importante cantidad de gitanos españoles (de los que pocas veces se habla) y, a lo largo de los años, norteafricanos árabes y negros del África Occidental, los que fueron desgraciadamente arrancados de sus tierras por los esclavistas responsables del mayor genocidio de la humanidad como fue la trata transatlántica de esclavos.

Esa diversidad étnica también estaba acompañada, como no podía ser de otra manera, de una diversidad social que dio paso a una configuración socioeconómica nueva, distinta a lo anteriormente conocido en todas las tierras americanas. La isla de La Española se convirtió en el faro de luz que alumbraba a toda la tierra.

Siglos después, y cuando el resto del mundo transita en la dirección que lleva al reconocimiento de las libertades y al respeto de la diversidad sexual, la República Dominicana (y por extensión Haití) se encierra entre sus playas, cual muros de una ciudadela inexpugnable, y se niega a interactuar con ese orbe abierto, plural, diverso y multicultural. Y todo a pesar de los ingentes esfuerzos de nuestras administraciones públicas por dotarnos de lo mejor, incluyendo en esos esfuerzos la generación de leyes que nos protegen o decretando, por ejemplo, el cambio oficial de nombre por razones de identidad de género en los documentos de identidad.

Cuando otras naciones vecinas como por ejemplo Cuba trabajan en el reconocimiento de los derechos de la comunidad LGTBI, en la República Dominicana no pasa una semana sin que conozcamos la muerte violenta de algún joven al que no se le dio la oportunidad de desarrollar su libre personalidad, como marca nuestra Constitución, por el simple hecho de ser diferente.

Ayer mismo conocimos el último caso: el asesinato de un niño de tan 13 años, quien fuera ahorcado con las sábanas de su propia habitación por unos desaprensivos a los que el odio por las personas LGTBI les ciega, y a los que muy probablemente no veremos entre rejas.

De nada vale que hagamos una revolución educativa si esa no va acompañada de un cambio de paradigma en nuestra sociedad. De nada vale que crezcamos exponencialmente a nivel económico si eso no se traduce en una redistribución efectiva de la riqueza que permita a esa parte la ciudadanía que sobrevive en nuestros barrios salir de la marginalidad.

De nada sirve que seamos ahora la niña bonita de la comunidad internacional y el mayor referente de toda la cuenca del Caribe por nuestras excelentes e inmejorables relaciones internacionales y el merecido posicionamiento del país en las más altas esferas del orden mundial si nuestros compatriotas no dan ningún valor a la vida de los demás.

Si alguien es capaz de asesinar a un niño de 13 años únicamente porque es libre, visible y feliz, es que algo malo nos pasa como sociedad.  

Deja tu comentario

comentarios