Redacción La Voz

Equipo de redacción del periódico "La Voz Dominicana en Europa".

Por Berniza Calderón, MD.
Especialista en Endocrinología y Nutrición.

Durante mi infancia, sin que pueda recordar el año exacto, en mi pueblo Yamasá, ese lugar donde brotaron las primeras raíces de mi historia, ocurrió un suceso trágico; asesinaron a un joven. Yo recuerdo con mis ojos infantes y con un corazón tierno como el lanugo, mirar el cuerpo sin vida de aquel joven, desde la escalera de mi hogar. Al llegar mi padre a casa hablamos del triste episodio, y su voz mientras yo me acomodaba en sus piernas me decía, hija hoy esa familia está de luto y junto con la patria están llorando a un ser querido.

En ese momento no lo comprendí, pero después de tantos episodios de violencia observados por mi retina y guardados en mis neuronas al ver las noticias, comprendo las palabras de mi padre y siento un agujero en el alma, porque la patria, uno de los pilares que sostienen mi ser, está herida y llora desconsolada.

La patria llora por todos los episodios que laceran a aquellos que la conforman. Esos episodios pueden ser grandes o pequeños, pero finalmente se convierten en un martillo que golpea la pared que sostiene nuestra historia. Si bien es cierto que los grandes actos de corrupción disminuyen las posibilidades de aquellos que viven en la pobreza, porque le roban lo más importante, la esperanza, el sentido de la empatía y de la responsabilidad para velar por el bien común, debemos detenernos y reflexionar, que todo acto corrupto y de violencia, por mínimo que parezca, están pervirtiendo todo lo que con amor y sangre hemos construido.

Hoy, igual que ayer y que mañana, quiero secar las lágrimas de la patria, esas que brotan y se desbordan por todos partes, quiero consolar el alma herida de quien ha construido gran parte de lo que somos y seremos. Te observo, patria mía, crujir de sufrimiento y quiero aliviar tu dolor con inmediatez, como cuando alivio a los pacientes en el hospital, pero no puedo, curarte es algo lento, que implica a todos los que llevamos la insignia de dominicanos; para secar tus lágrimas necesitamos construir un gran pañuelo, tejido con el compromiso y el amor de todos los ciudadanos, desde los vendedores ambulantes hasta el presidente de la nación.

Responsabilizar a un grupo pequeño de lo que nos está sucediendo como país, a todos los niveles: salud, educación y seguridad ciudadana, es una justificación. Es una excusa para no asumir con valentía el reto de revolucionar nuestro entorno, porque ser un buen padre, madre, hijo, esposo, esposa, funcionario, político, líder comunitario, implica sacrificio; es una excusa para no reclamar nuestros derechos donde y frente a quien sea, porque reclamar nos obliga a cumplir nuestros deberes; es una excusa vivir desesperanzados porque aferrarse a la esperanza implica valentía.

Debemos grabar en lo profundo de nuestro ser las palabras de Daisaku Ikeda, “Hay revoluciones de toda índole: políticas, económicas, industriales, científicas, artísticas, revoluciones en la distribución y comunicación… y tantas otras. Cada una tiene su propia trascendencia y todas son necesarias, a su manera. Pero por muchas cosas que uno modifique externamente, el mundo no mejorará mientras el ser humano –fuerza motriz y el impulso de cualquier empresa— siga actuando con egoísmo y falta de solidaridad. En ese sentido, la revolución humana es el más esencial de todos los cambios y, al mismo tiempo, la transformación más necesaria que hoy espera la humanidad”

Por eso reitero que nadie se escapa de este compromiso, de esa necesidad de revolución, porque donde late un corazón dominicano, allí en cualquier lugar recóndito, hay una semilla de la patria, que debe ser cuidada para que florezca, como un árbol frondoso y dé sus frutos.  Esos frutos, los que deben guiar a las nuevas generaciones y recordarles en todo momento la majestuosidad de nuestra historia. Te amamos República Dominicana, y aquellos que te soñamos con sincero corazón, poseemos el compromiso de dar el máximo de nosotros mismos para construir un país más justo, una patria feliz.

Deja tu comentario

comentarios